Mujeres indígenas y buen vivir.

211512_gd¿Qué es el Buen vivir? nos preguntamos desde el norte pero también desde el propio Sur. “Hay un cierto consenso de que es un nuevo paradigma que nos permite repensar el desarrollo, o más bien buscar alternativas desde valores que nos trae el mundo indígena, como la complementariedad y reciprocidad, así como la armonía con la Madre Tierra. Una nueva visión de lo común, en la que la reproducción de la vida, la comunidad, tienen un rol principal que nos permiten mirar el mundo bajo otros parámetros.”

Esta mañana quisiera compartir un fragmento del capítulo escrito por Lucila Choque, mujer aymara y docente en varias universidades de Bolivia, denominado “Las mujeres en Bolivia y sus movilizaciones por el “Vivir Bien”, del libro Transiciones hacia el Vivir Bien, o la construcción de un nuevo proyecto político en el Estado Plurinacional de Bolivia. Artículo editado y  aparecido en la  Coordinación por los Derechos de los Pueblos Indígenas (CODPI).

“El papel de las mujeres indígenas en los procesos de transformación que vive toda el Abya Yala ha sido históricamente invisibilizado, y hoy se quiere seguir negando, en aras del paradigma supuestamente moderno de mujer: blanca, homogénea, liberal, sin familia y que odia ser madre. Sin embargo, es recuperando estos saberes ocultos por el patriarcado y la Colonia, que se avanza en la construcción del Vivir Bien, en un camino que no es hacia delante, sino que debe necesariamente partir de las raíces y de la tremenda riqueza identitaria y cultural que han conseguido conservar los pueblos y las mujeres en resistencia.”

“Estos últimos años en Bolivia se abrió una gran discusión sobre la dominación de la humanidad sobre la naturaleza, el problema de la tierra o el territorio, de la dominación que existe también hacia los propios pueblos y sus territorios, así como el problema de identidades. Esta problemática en general no la vive solo nuestro país sino que es un problema latinoamericano, así como el problema territorial es un problema mundial porque tiene que ver con el sistema de producción capitalista que se impuso en el planeta como dominador, el cual utiliza a la naturaleza como mercancía bajo la premisa de producir solo para generar riqueza a través del empobrecimiento de muchos pueblos y sus territorios. Aunque coexisten otras maneras de producción invisibles como el «Vivir Bien», ocultada por la modernidad, sin embargo existe otro gran problema sublimizado que no sale a discusión en las políticas públicas, ni en el Estado: la dominación moderna del cuerpo de la mujeres, quienes están subsumida en sus clases sociales en el mercado moderno, en sus pueblos y naciones y en sus identidades, marginadas de sus territorios a nivel estructural.
Sería una equivocación analizar esta problemática de la modernidad solo desde el plano del mercado liberal o neoliberal. El problema en la situación de las mujeres va más allá: la subjetividad eurocéntrica ha forjado un ideal de mujer homogeneizada a través del Estado-nación, ella está afectada por el aprendizaje de nuevos hábitos de comer, vestir, y vivir (situación que llega principalmente a las mujeres separadas de su comunidad), y donde la figura de la mujer es considerada y utilizada como mercancía es decir, como un objeto vendible, con roles vendibles y no como un sujeto de transformación o vida propia. Se la enfoca más desde el plano del simbolismo de la sexualidad comercial, por lo que se ha creado un paradigma de «mujer» creado a semejanza del mercado capitalista.
Sin embargo, no es la única realidad, aunque los medios de comunicación se empeñan en homogeneizar el pensamiento hacia un paradigma único de mujer, como modelo universal: una mujer alta, delgada, moderna, liberal, de ojos claros, blanca, mejor si es rubia, que desconoce sus raíces y se moderniza a través de una sola lengua universal como el inglés, no tiene familia, odia ser madre y tiene un apetito insaciable por la ropa, los cosméticos, la moda, la cirugía y los hombres y/o las mujeres.
Esta «ansiedad» es un espejismo creado por el mercado capitalista para sostener una red de consumo hacia necesidades falsas, inclusive sin importar su procedencia y cuánto sudor y trabajo podría contener una mercancía. El capitalismo al crear necesidades insatisfechas irreales ha vaciado de contenido la humanidad de las mujeres en la mirada de los hombres, sobre todo para forjar un nuevo ideal de humanidad, que va en contra de sí misma, que va hacia una muerte finita con un final doloroso.
Se clasifica a las mujeres como «vulnerables» (mujeres pobres e ignorantes) y «delicadas», como las que salen en las revistas, y las TOP modelos conocidas en Bolivia como «las magníficas». No hay una misma procedencia en las mujeres, no somos «iguales» desde los territorios (el lugar de nacimiento y la clase a la que pertenece), pese a que el capitalismo, por medio de teorías como el multiculturalismo o teorías feministas como la liberal o de género, ha impulsado crear y lograr derechos individuales para las mujeres con la consigna de exigir al capitalismo más leyes para las mujeres, creando la famosa «igualdad de oportunidades», que las mujeres accedan a la igualdad a través de la competencia entre ellas para llegar al final a ser «seres iguales». Esto no es más que un campo de batalla competitivo entre mujeres, ¿acaso esto no será volver ha homogeneizarnos en la sociedad moderna?

En Bolivia y América Latina la realidad es otra, hay mujeres de distintas nacionalidades y pueblos con diferentes lenguas y vestimentas y formas de comer y trabajar así como de disfrutar del tiempo. Tienen otra concepción vivida en sus cuerpos, en su realidad con su familia y su comunidad, a pesar de las políticas neoliberales impuestas. Es en este escenario que se abre la posibilidad de debatir sobre la figura femenina indígena originaria campesina; sus saberes guardados en sus memorias a través de sus familias extendidas; el ayllu y sus comunidades; sobre su territorio, y sobre el sometimiento de esta mujer, «cubierta de definiciones desde afuera», en un mercado moderno que la sublimiza como un ser «vulnerable», carente de accesos a espacios de decisión, desprotegida de políticas públicas.”

“Sin embargo, aunque el cuerpo de la mujer se halla atravesado por una historia de dolor, ha logrado resistir. Pese a que en la Colonia el conquistador la arrancó de su comunidad y la llevó a la fuerza a las ciudades forzándola a una identidad extraída de la secularización bíblica, esta identidad no duró mucho. Tal como me relató German Choquehanca en una entrevista: «en el Coloniaje las mujeres indígena originarias campesinas no se dieron por vencidas a las enseñanzas de los españoles, no cambiaron en total sino que por no morir cedieron a sus apetitos sexuales pero nunca lograron la pertenencia desde sus cuerpos a la visión moderna del conquistador», porque fue más fuerte el sentimiento a una fuerza histórica llamada «Vivir Bien».”

Artículo original completo de la Codpi aquí.

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